Donde no es infierno
Pienso en los lugares en los que viví.
La atmósfera de cada lugar es diferente, la
música, el color, el ritmo. Como en los libros.
Libre sós de comértelos. Pero ciertos libros te
comen. Otros te siembran. Y así renacemos.
Renací el día en que me mudé de aquél
estrépito. Allí no había música, solo acordes
dislocados, de locos. Color definitivamente
negro. A lo oscuro por lo más oscuro, decía
Marguerite Yourcenar en “Opus nigrum”. Oh,
sueño de nigromantes: mudarme. Pero eran
bellos los amaneceres y los atardeceres.
Curiosamente, o no tanto, dada la profusión de
ventanas en la planta alta. Aunque la sinfonía
del sol no pudo contra los solecismos
despiadados del ruido. Y la furia posterior me
iba limando los atardeceres. Como los cortes de
árboles para construir paredes. Capturé una
última sonrisa del sol desvaído a través de la
hendija antes de que la ocultara el ladrillo y me
mudé.
Mudarme fue enmudecer matinalmente, algo
así como mejoras mentales, mi gata me
materna cada mañana en un color ámbar
amable. Y la música del lugar es verdadera,
verde pradera: una composición plenamente
lírica, telúrica y onírica a la vez que va
superponiendo sin estridencias los claroscuros
aterciopelados del arco del día que lanza su
flecha hasta alcanzar el cenit. Ésta se tiñe de
naranja en esa franja y luego inicia su paulatino
descenso hacia lo vespertino donde en un breve
vuelo violáceo, pero único y eterno se funde a
negro.
La noche es la pausa pulsátil de la película que
hoy rueda armónica y con melodías que ojalá
me generen melatonina. Aunque no me engaño,
y de ese modo no me daño, igual pasan fugaces
los años. La noche es volátil.
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